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description: "Estados Unidos acude hoy a las urnas y Donald Trump afronta una amenaza para la que todavía no ha encontrado arancel, muro fronterizo ni solución militar: el voto popular."
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# Trump descubre que la democracia también sirve para votar en su contra

![Democracia frente a precios altos](/download/multimedia.normal.989c34d5a3ef0fce.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

*Democracia frente a precios altos. El Pato Eléctrico.*

*Washington, 3 de noviembre de 2026.*

Donald Trump tiene una relación verdaderamente entrañable con la democracia. La adora cuando gana, la soporta cuando empata y la considera una conspiración cuando pierde. Es una interpretación bastante original del constitucionalismo estadounidense, aunque perfectamente coherente con la personalidad de un hombre que parece convencido de que la voluntad popular debería funcionar como el servicio de habitaciones de sus hoteles: basta con levantar el teléfono para que le lleven lo que desea.

Este martes, sin embargo, los estadounidenses celebran elecciones legislativas y el presidente se enfrenta a un contratiempo que ni siquiera sus más diligentes asesores han conseguido eliminar: los electores pueden votar sin solicitar autorización a la Casa Blanca. Según [Reuters](https://www.reuters.com/world/us/trump-faces-midterm-verdict-with-control-congress-stake-2026-11-03/), los demócratas llegan a la jornada con posibilidades favorables de recuperar la Cámara de Representantes, mientras el control del Senado continúa en disputa. La situación resulta particularmente incómoda para el mandatario, que ha pedido a sus seguidores que actúen como si su nombre figurara en las papeletas. Trump no es candidato, pero tampoco parece dispuesto a permitir que unas elecciones nacionales se celebren sin convertirlo en su principal atracción.

Los estadounidenses renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y decidirán 35 puestos del Senado. Para cualquier observador razonable, se trata de una elección parlamentaria. Para Trump, probablemente constituye una especie de concurso nacional de popularidad cuya única finalidad legítima sería confirmar que sigue siendo el personaje más extraordinario de la historia política estadounidense. El problema es que las urnas, a diferencia de ciertos miembros de su gabinete, no tienen la obligación de felicitarlo.

## La economía va estupendamente, salvo para quienes deben pagarla

La campaña republicana ha insistido en presentar la política económica presidencial como un triunfo monumental. Las dificultades comienzan cuando los ciudadanos abandonan los discursos oficiales y se dirigen al supermercado, donde los productos tienen la pésima costumbre de llevar etiquetas con precios. Allí, lamentablemente, nadie acepta como medio de pago una fotografía del presidente, una gorra patriótica ni una declaración sobre la grandeza recuperada de Estados Unidos.

Una [encuesta divulgada por Associated Press](https://apnews.com/article/0f444fe8f424960dd820795e20b00237) reveló que apenas el 17 % de los consultados aprobaba la gestión de Trump sobre el costo de vida. El resultado plantea un dilema intelectual de enormes proporciones: si la economía es tan maravillosa como asegura la Casa Blanca, ¿por qué los ciudadanos insisten en quejarse de sus facturas? Tal vez la administración debería prohibir las calculadoras por antipatrióticas o establecer que los precios se expresen únicamente en unidades de entusiasmo presidencial.

La situación no mejora cuando se examinan otros indicadores políticos. Una [encuesta de Reuters e Ipsos publicada el 26 de octubre](https://www.investing.com/news/politics-news/trump-approval-rises-from-record-low-to-32-ahead-of-midterm-election-reuters-ipsos-poll-finds-4973727) situó la aprobación del presidente en el 32 %. No es una cifra despreciable si se trata del porcentaje de descuento de una tienda, pero resulta bastante menos estimulante cuando pretende medir la satisfacción de una nación con su gobernante.

Desde luego, para una parte de la derecha estadounidense, los problemas económicos pueden explicarse mediante una fórmula de admirable sencillez: la culpa es de los inmigrantes, de los socialistas, de los burócratas o de cualquier enemigo que aparezca oportunamente en la programación televisiva. El capitalismo, en cambio, permanece inocente hasta que se demuestre lo contrario, circunstancia que sus defensores consideran jurídicamente imposible.

Hay algo conmovedor en esa capacidad para hablar de prosperidad nacional mientras los trabajadores calculan cuánto les queda después de pagar vivienda, transporte y alimentación. En la imaginación de ciertos multimillonarios, el éxito económico consiste en que la bolsa de valores suba, aunque millones de personas deban contemplarla desde la ventana de un autobús camino a su segundo empleo. Si el índice bursátil alcanza un récord, el país prospera. Si una familia no consigue pagar el alquiler, probablemente necesita desarrollar una actitud más emprendedora.

## La paz según el Pentágono: bombardear hasta que todos estén tranquilos

La guerra con Irán ha añadido otra dificultad a las aspiraciones republicanas. El conflicto, que lleva meses condicionando la política estadounidense, ha contribuido a elevar los precios de los combustibles y a alimentar el descontento de los votantes. Según [Associated Press](https://apnews.com/article/gas-prices-trump-midterms-affordability-iran-war-d2f5d5aa7ecc1f6d55d8f5759db03150), Trump llegó a presentar el encarecimiento de la gasolina como un precio relativamente pequeño que pagar por la guerra. Una observación comprensible para quien no necesita detenerse personalmente en una estación de servicio a comprobar cuánto cuesta llenar el depósito.

Washington ha perfeccionado durante décadas una doctrina diplomática que merece figurar entre las grandes contribuciones estadounidenses a la filosofía política: para garantizar la paz, conviene disponer de suficientes armas como para destruirla varias veces. Cuando las negociaciones fracasan, siempre queda la posibilidad de enviar más aviones. Y cuando los bombardeos provocan nuevos problemas, nada impide convocar una conferencia de prensa para explicar que todo ha sido realizado en defensa de la estabilidad internacional.

Lo verdaderamente extraordinario es la facilidad con que los dirigentes pueden exigir sacrificios patrióticos a ciudadanos que jamás participaron en la decisión de iniciar una guerra. Los fabricantes de armamento hacen negocios, los gobiernos pronuncian discursos y las familias pagan la gasolina. La distribución de responsabilidades resulta impecable, especialmente desde el punto de vista de quienes no reciben las facturas.

Una izquierda democrática que merezca ese nombre debería rechazar esta normalización del militarismo, tanto cuando procede de gobiernos republicanos como cuando la practican administraciones demócratas. La política exterior no puede reducirse a elegir entre una intervención militar acompañada de discursos nacionalistas y otra presentada con modales más elegantes. Las bombas no se vuelven progresistas porque quien autoriza su lanzamiento utilice un vocabulario más inclusivo.

## El Congreso amenaza con hacer su trabajo

Si los demócratas recuperan una de las cámaras, Trump podría enfrentarse a investigaciones parlamentarias, mayores controles presupuestarios y dificultades para aprobar parte de su agenda. Nada especialmente revolucionario: simplemente el funcionamiento ordinario de un sistema constitucional basado en la separación de poderes. Pero para un presidente acostumbrado a ocupar simultáneamente el centro del escenario, la dirección del espectáculo y buena parte de la publicidad, semejante perspectiva debe resultar profundamente ofensiva.

La posibilidad de que el Congreso recuerde sus atribuciones podría obligar a la Casa Blanca a practicar una actividad considerada sospechosa en determinados círculos políticos: negociar. El diálogo supone escuchar opiniones ajenas, admitir límites jurídicos y aceptar que el adversario también posee legitimidad democrática. Se comprende que resulte más entretenido publicar mensajes airados y acusar a medio país de conspirar contra la grandeza nacional.

La [cobertura electoral de Reuters](https://www.reuters.com/world/us/trump-faces-midterm-verdict-with-control-congress-stake-2026-11-03/) señala que una mayoría demócrata podría intensificar la fiscalización del gobierno. Sería una noticia excelente para quienes todavía consideran que los representantes públicos deben responder ante alguien distinto de sus patrocinadores políticos y financieros.

Sin embargo, tampoco conviene entregar anticipadamente una medalla al Partido Demócrata. La oposición estadounidense posee una relación curiosa con las grandes corporaciones: las critica con notable entusiasmo durante determinadas campañas electorales y conversa con ellas con bastante cordialidad cuando llega el momento de financiar las siguientes. La izquierda necesita algo más que reemplazar a los republicanos por políticos que prometen transformar el sistema económico sin incomodar excesivamente a quienes más se benefician de él.

La democracia no se salva únicamente cambiando los nombres de quienes ocupan los despachos. También necesita derechos laborales efectivos, sindicatos fuertes, servicios públicos accesibles y mecanismos capaces de impedir que las grandes fortunas adquieran una influencia política proporcional al tamaño de sus cuentas bancarias. En una sociedad verdaderamente democrática, una persona debería valer un voto, independientemente de si posee una pequeña vivienda o una compañía con suficientes recursos para contratar a medio Congreso como consultores.

## El peligroso extremismo de querer llegar a fin de mes

Durante esta campaña, los republicanos han intentado presentar a sus adversarios como representantes de una izquierda radical empeñada en destruir los valores nacionales. Se trata de una acusación especialmente divertida si se considera que buena parte de las reivindicaciones económicas del electorado consiste en poder pagar la comida, recibir atención médica y disponer de una vivienda. Al parecer, la civilización occidental se encuentra amenazada por ciudadanos que pretenden comprar huevos sin solicitar un crédito bancario.

Las [encuestas sobre las preocupaciones electorales](https://www.aljazeera.com/news/2026/11/2/us-midterms-2026-what-polls-reveal-about-democratic-republican-voters) muestran el peso de la economía, la salud y la guerra en las decisiones de los votantes. Nada sorprendente: los trabajadores suelen tener asuntos más urgentes que resolver que las disputas culturales con las que ciertos políticos intentan mantenerlos entretenidos.

La derecha populista ha demostrado una notable capacidad para convencer a ciudadanos económicamente vulnerables de que sus principales enemigos son personas todavía más vulnerables. El inmigrante empobrecido aparece como una amenaza gigantesca; el multimillonario que financia campañas políticas, como un benefactor de la humanidad. La fórmula posee una lógica admirable: mientras los pobres discuten entre ellos, los ricos pueden continuar trabajando tranquilamente por su propio bienestar.

Pero el malestar social también debería interpelar a los demócratas. No basta con denunciar los excesos de Trump ni con prometer el regreso a una normalidad que dejó demasiadas personas al margen del progreso económico. La alternativa democrática debe ofrecer respuestas materiales a problemas materiales. De lo contrario, los trabajadores seguirán escuchando discursos sobre la esperanza mientras buscan descuentos en el supermercado.

## Una elección no es una coronación

Las elecciones de este martes todavía no tienen un desenlace definitivo. Las encuestas permiten identificar tendencias, pero no sustituyen el escrutinio. Conviene recordarlo en una época en que algunos dirigentes parecen considerar que la voluntad popular resulta válida únicamente cuando coincide con sus propias expectativas.

Si los republicanos conservan el Congreso, Trump probablemente interpretará el resultado como una confirmación histórica de su extraordinaria sabiduría. Si los demócratas consiguen arrebatarles una o ambas cámaras, el presidente tendrá que enfrentarse a una posibilidad que quizá ningún asesor se haya atrevido a explicarle con suficiente delicadeza: que millones de estadounidenses hayan decidido votar contra su gobierno.

En cualquiera de los dos casos, Estados Unidos seguirá teniendo problemas que no desaparecerán con una victoria electoral. La desigualdad, el poder desmesurado del dinero en la política, los costos de la atención sanitaria, las dificultades de acceso a la vivienda y la militarización de su política exterior no se resolverán simplemente sustituyendo una mayoría parlamentaria por otra.

La democracia exige mucho más que depositar una papeleta cada dos años. Requiere instituciones capaces de controlar a los gobernantes, una prensa que no se arrodille ante el poder, organizaciones sociales independientes y ciudadanos que puedan ejercer sus derechos sin que su situación económica los convierta en espectadores de la vida pública.

Trump ha hecho de su presidencia un espectáculo extraordinario, con decorados monumentales, enemigos cuidadosamente seleccionados y un protagonista que rara vez abandona el escenario. Pero hoy aparece en escena un personaje que ningún magnate ha conseguido despedir definitivamente: el elector.

Y ese personaje, por modesto que sea su salario y por escasa que resulte su influencia sobre Wall Street, conserva una facultad profundamente irritante para los poderosos: puede votar por alguien más.

**La democracia estadounidense podría darle hoy una lección elemental a Donald Trump: la Casa Blanca no es un hotel de su propiedad, el Congreso no es una junta de accionistas y los ciudadanos no están obligados a renovar su contrato de admiración presidencial.**

Aunque, conociendo al personaje, quizá lo más prudente sea explicárselo mediante un cartel gigantesco, letras doradas y una transmisión televisiva en horario de máxima audiencia.

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