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Mbappé llama dictador a Mao y Pekín descubre un delito imperdonable: decir la verdad

El régimen chino, que no permite a sus ciudadanos elegir libremente a sus gobernantes, se indigna porque un futbolista francés llamó dictador a Mao Zedong. Las empresas retiran patrocinios, la televisión estatal suspende partidos y el fútbol español pide disculpas. En Pekín se puede tolerar casi todo, salvo una broma sobre el Gran Timonel.
Mbappé frente a la censura china
Mbappé frente a la censura china. Imagen creada por IA. El Pato Eléctrico.

30 de octubre de 2026 | Deportes y sociedad

Kylian Mbappé ha cometido una imprudencia extraordinaria: describir a un dictador como dictador. El delantero del Real Madrid, acostumbrado a superar defensas de cinco jugadores, ha descubierto que existe otra mucho más difícil de atravesar: la maquinaria de censura del Partido Comunista Chino, donde hasta los fantasmas de los dirigentes fallecidos parecen disponer de un departamento de relaciones públicas.

Todo comenzó con una broma. Durante una entrevista informal en el programa francés The Bridge, grabada en abril y difundida ampliamente esta semana, Mbappé recordó un meme que le había resultado especialmente divertido. En la imagen, su rostro aparecía superpuesto al de un dirigente chino al que identificó tentativamente como dictador. Era Mao Zedong, fundador de la República Popular China.

La observación, que difícilmente habría merecido una nota al pie en un manual de historia contemporánea, provocó una reacción considerable. Tres empresas chinas rompieron sus acuerdos publicitarios con el futbolista, medios estatales suspendieron retransmisiones de la liga española y las autoridades deportivas de ambos países comenzaron a intervenir.

La pregunta es inevitable: ¿qué resultó tan ofensivo? ¿La palabra «dictador»? ¿La caricatura? ¿O el hecho de que alguien se haya atrevido a reírse de un personaje cuyo régimen fue responsable de algunas de las mayores tragedias políticas del siglo XX?

China: prohibido reírse del dictador, incluso después de muerto

Mao Zedong gobernó China desde la proclamación de la República Popular en 1949 hasta su muerte en 1976. Su mandato estuvo marcado por campañas de represión política, persecuciones ideológicas y políticas desastrosas como el Gran Salto Adelante, asociado a una hambruna en la que murieron decenas de millones de personas.

Pero, aparentemente, lo verdaderamente grave no es la historia del maoísmo, sino que un futbolista pueda mencionarla mientras sonríe.

El régimen chino conserva a Mao como uno de sus principales símbolos fundacionales. Su retrato continúa presidiendo la plaza de Tiananmén y su figura ocupa un lugar privilegiado en la narrativa oficial. La veneración política, sin embargo, no modifica los hechos históricos ni convierte un gobierno autoritario en una democracia.

En la China contemporánea tampoco existen elecciones nacionales libres y competitivas que permitan a los ciudadanos sustituir al Partido Comunista mediante una alternativa política independiente. Los principales medios de comunicación están sometidos a control estatal y partidario, la oposición organizada carece de libertad efectiva y la censura digital alcanza dimensiones extraordinarias.

Freedom House y Human Rights Watch documentan restricciones sistemáticas a la expresión política, vigilancia de ciudadanos y persecución de disidentes. En semejante contexto, la controversia por una caricatura futbolística adquiere un significado mucho más profundo.

El problema no es que Mbappé haya confundido a Mao con un dictador. El problema es que el aparato político chino pretende que la palabra «dictador» resulte más escandalosa que la dictadura misma.

Tres patrocinadores abandonan el campo por orden de los sentimientos nacionales

Dongpeng, Mengniu y Milkground anunciaron la ruptura de sus colaboraciones comerciales con Mbappé. Las empresas alegaron que sus comentarios habían ofendido los sentimientos nacionales chinos.

Es una formulación fascinante. Los sentimientos de una nación de más de mil millones de habitantes parecen haberse convertido en una entidad administrativa capaz de intervenir en contratos publicitarios.

Conviene aclarar que las decisiones fueron anunciadas por las propias compañías: no existe evidencia pública suficiente para atribuir cada rescisión a una orden directa del gobierno. Pero la existencia de un entorno político en el que cuestionar símbolos oficiales puede ocasionar consecuencias económicas está ampliamente documentada.

Las marcas tienen derecho a elegir a sus embajadores comerciales, naturalmente. Lo inquietante es la facilidad con la que el mercado internacional puede terminar reproduciendo las restricciones ideológicas de un régimen autoritario.

En China, por lo visto, un futbolista puede anunciar bebidas energéticas, zapatos deportivos o automóviles. Lo que no puede hacer, sin arriesgarse a perder contratos, es recordar de manera humorística que un dirigente que gobernó sin elecciones libres era un dictador.

La industria publicitaria ha encontrado finalmente su producto más delicado: la susceptibilidad del Partido Comunista.

LaLiga se disculpa: el fútbol español también sabe agachar la cabeza

La reacción más pintoresca no llegó de Pekín, sino de Madrid. LaLiga, presidida por Javier Tebas, expresó su pesar por las declaraciones del delantero francés. El propio Tebas se reunió con el embajador chino en España, Yao Jing, mientras el Real Madrid también ofrecía disculpas.

De pronto, una competición deportiva que habitualmente discute sobre arbitrajes, calendarios y derechos televisivos tuvo que dedicarse a resolver una crisis provocada por un meme sobre Mao Zedong.

La explicación económica es evidente: China representa un mercado comercial importante para el fútbol internacional. Las audiencias, los patrocinadores y los derechos audiovisuales constituyen intereses suficientemente grandes como para despertar una extraordinaria sensibilidad diplomática.

El problema aparece cuando la prudencia comercial comienza a confundirse con la aceptación de la censura política.

Nadie exige a LaLiga que organice una conferencia sobre los crímenes del maoísmo antes de cada encuentro. Pero tampoco parece necesario que una institución deportiva se apresure a pedir disculpas porque un futbolista utilizó una caracterización histórica perfectamente defendible.

El fútbol español lleva años reclamando respeto a los árbitros. Ahora parece dispuesto a pedirlo también para Mao Zedong.

Quizá pronto los reglamentos contemplen una nueva infracción: tarjeta amarilla por hablar de política, tarjeta roja por mencionar Tiananmén y suspensión indefinida por leer un informe de Amnistía Internacional.

El gran cortafuegos: también se censuran los goles

La reacción alcanzó una dimensión todavía más absurda cuando los medios estatales chinos anunciaron restricciones a las retransmisiones de LaLiga y de contenidos relacionados con Mbappé. Al 28 de octubre, no estaba confirmado que todas las plataformas comerciales del país hubieran suspendido los partidos españoles.

La distinción importa, porque no todo lo que circula en China responde necesariamente a una instrucción uniforme. Pero el episodio muestra hasta dónde puede llegar la politización de un espectáculo deportivo.

Además, las plataformas sociales chinas impusieron restricciones a cuentas relacionadas con el jugador. Según la información recogida por medios internacionales, parte de la cobertura evitó incluso reproducir expresamente la referencia a Mao.

En una sociedad libre, una caricatura semejante podría provocar discusiones, protestas, adhesiones o burlas. En un sistema de censura, la respuesta puede incluir restricciones digitales y silencios informativos.

Al parecer, las autoridades que controlan uno de los sistemas de vigilancia y censura más sofisticados del mundo han encontrado finalmente un enemigo formidable: un delantero francés que se ríe de una fotografía.

Y es que en la China del Partido Comunista se puede invertir en inteligencia artificial, desarrollar trenes de alta velocidad y competir en tecnologías avanzadas, pero una broma sobre un dirigente fallecido hace medio siglo puede provocar una emergencia nacional de relaciones públicas.

Mbappé se disculpa; la historia no

El jugador terminó publicando una disculpa en francés, inglés y chino, explicando que no había querido ofender a las personas de China ni a las comunidades chinas en el exterior.

La disculpa constituye una decisión personal legítima. Mbappé tiene derecho a lamentar que sus palabras hayan causado malestar, del mismo modo que sus críticos pueden cuestionar el contenido o el tono de una broma.

Pero conviene distinguir el respeto debido a las personas del respeto que un gobierno pretende exigir para sus símbolos políticos.

Los ciudadanos chinos no son responsables colectivamente de las decisiones del Partido Comunista. Tampoco piensan todos de la misma manera. Muchos viven bajo restricciones que no han elegido y algunos han arriesgado su libertad para defender derechos fundamentales, reclamar transparencia o denunciar abusos estatales.

Es precisamente por respeto a esas personas que la censura merece una crítica firme. Confundir a la sociedad china con su régimen equivale a concederle al Partido Comunista una representación moral absoluta que no le corresponde.

La paradoja de esta historia consiste en que se reclama respeto para un dictador desde un sistema político que continúa negando a sus propios ciudadanos libertades esenciales.

El verdadero partido: libertad de expresión contra censura

La controversia de Mbappé no es solamente una anécdota deportiva. Refleja una tensión creciente entre los valores de las sociedades abiertas, los intereses del comercio internacional y las exigencias de gobiernos autoritarios que pretenden extender su sensibilidad política más allá de sus fronteras.

China es una potencia económica, tecnológica y comercial cuya importancia internacional resulta indiscutible. Esa realidad, sin embargo, no obliga a los medios de comunicación, las organizaciones deportivas ni los ciudadanos de otros países a aceptar los límites de su censura.

Tener relaciones comerciales con un Estado no significa adoptar su versión oficial de la historia. Respetar a una nación tampoco exige venerar a sus antiguos gobernantes.

Y llamar dictador a Mao Zedong no constituye, por sí mismo, un ataque contra los ciudadanos chinos.

Quizá la mayor ironía sea que todo comenzó con un meme que exageraba el supuesto poder de Mbappé dentro de sus equipos. Al final, el futbolista descubrió que existe un poder mucho más formidable: el de un régimen capaz de convertir una caricatura en una cuestión comercial internacional.

Mao murió en 1976, pero su retrato sigue siendo aparentemente intocable. Mbappé pidió disculpas, los patrocinadores cerraron sus contratos y LaLiga ejercitó una nueva disciplina deportiva: la reverencia diplomática.

En El Pato Eléctrico tenemos una sugerencia para las autoridades chinas: si les molesta tanto que alguien llame dictador a un dictador, quizá deberían comenzar por permitir elecciones verdaderamente libres, garantizar una prensa independiente y reconocer el derecho de sus ciudadanos a reírse de sus gobernantes.

Aunque debemos admitir que semejante reforma produciría una crisis monumental.

Por primera vez en mucho tiempo, el Partido Comunista tendría que competir sin controlar al árbitro.


Fuentes

Artículo original de El Pato Eléctrico. Los hechos noticiosos se distinguen de las interpretaciones y comentarios satíricos de la redacción.