Lula gana, Bolsonaro llora y Brasil busca quién pague la fiesta

EL PATO ELÉCTRICO | Política | 27 de octubre de 2026
Brasil acaba de reelegir a Luiz Inácio Lula da Silva por cuarta vez, confirmando que en América Latina la renovación política consiste, con frecuencia, en volver a contratar al mismo presidente. El líder del Partido de los Trabajadores ha conseguido el 51,79 % de los votos frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro, una diferencia que parece suficiente para proclamar un vencedor, aunque todavía insuficiente para convencer al perdedor. En ciertas familias políticas, la democracia es un sistema admirable hasta el momento en que aparecen los resultados.
Flávio Bolsonaro, heredero de una dinastía republicana que considera la alternancia una excelente idea siempre que no le toque practicarla, ha cuestionado el escrutinio y anunciado acciones contra el resultado. Su indignación se concentra en la prolongación excepcional de la jornada electoral en determinadas secciones de votación. La diferencia de más de cuatro millones de sufragios no parece haber debilitado su entusiasmo por las reclamaciones. Los especialistas en aritmética electoral deberán explicar próximamente si el problema está en las urnas, en las sumas o en esa desagradable costumbre de los votantes de elegir a quien se les antoja.
Donald Trump, siempre dispuesto a supervisar las democracias extranjeras desde la comodidad de la suya, también ha expresado sospechas sobre la limpieza de las elecciones brasileñas, sin presentar pruebas. El presidente estadounidense ha descubierto así una nueva especialidad diplomática: la observación electoral a distancia, sin observadores y con conclusiones disponibles antes de las investigaciones. Si la fórmula prospera, podríamos ahorrar millones en misiones internacionales y sustituirlas por una cuenta en redes sociales.
Mientras tanto, buena parte de la izquierda latinoamericana celebra el triunfo de Lula como si Brasil hubiera descubierto simultáneamente la igualdad social, la prosperidad económica y el secreto de la felicidad. Las banderas ondean, los discursos florecen y los militantes recuperan su fe en el porvenir. No se descarta que algún dirigente proponga declarar festivo continental el día de la victoria, con cargo, naturalmente, al presupuesto del Estado.
Pero la economía brasileña, siempre poco sensible a los sentimientos revolucionarios, ha recibido el resultado con bastante menos entusiasmo. El real sufrió una fuerte depreciación y la bolsa registró una caída pronunciada. Los mercados no votan, aunque a veces parecen empeñados en presentar su propio escrutinio al día siguiente. Tampoco son infalibles: tienen la notable capacidad de asustarse en masa y tranquilizarse después sin ofrecer demasiadas explicaciones.
Lula dispone de una extensa experiencia en política social y programas de transferencias monetarias, herramientas importantes para aliviar la pobreza. El problema aparece cuando se confunde la necesaria protección social con una estrategia económica suficiente para todo un país. Los bonos ayudan a llenar la despensa, pero no sustituyen la productividad, la inversión ni el empleo estable. El dinero público posee además un defecto que los discursos partidarios todavía no han conseguido corregir: antes de repartirlo, es necesario obtenerlo.
La derecha bolsonarista, por su parte, promete mejores soluciones económicas, aunque por el momento parece concentrada en una actividad de rentabilidad bastante dudosa: protestar contra los resultados electorales. Sus dirigentes exhiben un talento extraordinario para defender la voluntad popular cuando coincide con la propia. En caso contrario, la voluntad popular se transforma en una sospechosa organización clandestina que merece una investigación inmediata.
La disputa recuerda a dos niños que pelean por una pelota. Uno celebra haberla conquistado y promete repartirla entre todos; el otro exige que se repita el partido porque el árbitro no le gusta. Entretanto, los vecinos descubren que ambos han roto la ventana y que ninguno parece dispuesto a pagar el vidrio.
Brasil necesitará algo más que un vencedor satisfecho y un derrotado ofendido. El próximo mandato exigirá disciplina fiscal, políticas sociales sostenibles, crecimiento económico, seguridad jurídica y capacidad de negociación con un Congreso donde la oposición conservará una fuerza considerable. Son tareas particularmente ingratas porque no producen demasiados confetis ni se resuelven mediante comunicados indignados.
Lula puede celebrar su cuarta victoria, pero todavía deberá demostrar que sabe gobernar para quienes no lo votaron. Flávio Bolsonaro tiene derecho a impugnar irregularidades acreditables, pero no a exigir que las matemáticas se afilien a su partido. Y Trump podría aprovechar esta oportunidad para ensayar una innovación diplomática verdaderamente revolucionaria: felicitar al vencedor de una elección sin sugerir que las urnas participan en una conspiración internacional.
En cuanto a los ciudadanos brasileños, tienen problemas bastante más urgentes que administrar los egos presidenciales. Necesitan salarios, seguridad, servicios públicos, oportunidades y una economía que funcione también entre una elección y la siguiente.
La izquierda brinda, la derecha hace pucheros y los mercados se toman un tranquilizante.
Al fondo del teatro, un brasileño contempla el espectáculo con la cuenta del supermercado en la mano.
—Disculpen —pregunta—. ¿Y quién paga las entradas?
Nadie contesta. Los protagonistas están demasiado ocupados reclamando los aplausos.
EL PATO ELÉCTRICO
Los hechos son sagrados. Los poderosos, no.
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