Milei se ofrece a hundir a Sánchez y termina trabajando gratis para el PSOE

EL PATO ELÉCTRICO | Internacional | 27 de octubre de 2026
Javier Milei ha conseguido lo que parecía imposible: encontrar un puesto de trabajo en el Partido Socialista Obrero Español sin afiliarse, sin pasar una entrevista y, sobre todo, sin enterarse. El presidente argentino aterrizó en Madrid el pasado 21 de octubre decidido a combatir al socialismo europeo y regresó a Buenos Aires después de proporcionarle a Pedro Sánchez una campaña publicitaria que los estrategas de Ferraz difícilmente habrían imaginado. No se conoce todavía cuánto piensa cobrar por sus servicios, aunque todo indica que su colaboración ha sido estrictamente voluntaria.
Milei calificó al presidente del Gobierno español de dictador, corrupto y otros términos que parecen formar parte de un vocabulario diplomático desarrollado exclusivamente para su uso personal. También pidió echar del poder a los socialistas mediante una expresión relacionada con las extremidades inferiores. El lenguaje no fue precisamente el de un jefe de Estado en visita a un país amigo, pero nadie podrá acusarlo de haber viajado a España para perder el tiempo visitando museos.
La respuesta del PSOE fue de una serenidad desconcertante. En lugar de lamentar los ataques, los socialistas colocaron una gran pancarta en su sede y convirtieron el insulto de «zurdo» en una expresión de orgullo político. Sánchez apareció reivindicándose como tal, mientras la maquinaria electoral descubría que el presidente argentino podía resultar más útil que algunas encuestas, varios consultores y una considerable cantidad de carteles. El enemigo había llegado con sus propios altavoces y parecía dispuesto a utilizarlos gratuitamente.
La situación dejó al Partido Popular en una posición poco envidiable. Alberto Núñez Feijóo, que aspira a desalojar a Sánchez de la Moncloa, descubrió que un presidente extranjero podía aparecer en España, insultar al adversario socialista y terminar regalándole el protagonismo de la campaña. Isabel Díaz Ayuso, por el contrario, recibió cordialmente a Milei y confirmó que dentro de un mismo partido pueden coexistir estrategias tan distintas que una consiste en abrazar al invitado y otra en fingir que está de paso hacia el aeropuerto.
Santiago Abascal tampoco parecía necesitar demasiadas explicaciones para comprender el entusiasmo del visitante. Los dos comparten afinidades ideológicas y una visión de la política en la que el volumen de la voz ocupa un lugar considerable. El inconveniente es que Milei, en su afán de derrotar a Sánchez, terminó ocupando el espacio mediático que correspondía a los dirigentes españoles encargados de competir con él. Un candidato a la presidencia puede tolerar muchos inconvenientes, pero pocos tan irritantes como que alguien viaje diez mil kilómetros para hacerle la campaña y acabe haciéndosela al contrario.
La generosidad política de Milei no se limita a España. En Brasil apoyó la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro y atacó reiteradamente a Lula da Silva, pero el electorado brasileño terminó concediendo al dirigente del Partido de los Trabajadores un cuarto mandato. No sería serio atribuir aquella derrota exclusivamente a las intervenciones del presidente argentino: los brasileños tenían sus propios candidatos, problemas y motivos para votar. Lo que sí resulta evidente es que Milei ha desarrollado una notable afición a participar en campañas extranjeras cuyos resultados no controla.
La diplomacia tradicional conoce una regla elemental: los gobernantes representan a sus países, no a las facciones políticas que más les agradan en el extranjero. Milei parece considerar esta distinción una reliquia burocrática. Su concepción de las relaciones internacionales se aproxima más a la de un conferenciante itinerante que recorre el mundo anunciando el fin de la civilización occidental cada vez que descubre un gobierno socialdemócrata.
Naturalmente, Pedro Sánchez tampoco merece una beatificación por haber recibido insultos. Su Gobierno debe responder por sus decisiones, su gestión y las controversias políticas que lo rodean. Las críticas legítimas no desaparecen porque un presidente extranjero las formule con modales propios de una discusión de taberna. Lo que resulta políticamente extraordinario es que Milei haya conseguido desplazar momentáneamente el debate desde los problemas del Gobierno español hacia el comportamiento del propio Milei. Sánchez no necesitó resolver una sola controversia doméstica para convertirse, durante unas horas, en el protagonista de una defensa de la dignidad institucional española.
El fenómeno ofrece una nueva teoría de la comunicación política: cuanto más grita un mandatario extranjero contra un candidato, más posibilidades tiene este último de presentarse como defensor de la soberanía nacional. La fórmula no garantiza votos, naturalmente, pero posee una ventaja considerable para el beneficiario: todos los gastos de desplazamiento, alojamiento y combustible corren por cuenta del visitante.
En Buenos Aires, Milei continuó atacando al presidente español después de regresar de Madrid. No satisfecho con una intervención internacional, repitió sus acusaciones durante actos y entrevistas posteriores. La perseverancia merece reconocimiento. Existen políticos que, después de provocar una controversia, procuran reducir su exposición pública; el presidente argentino, en cambio, parece considerar que el remedio para una discusión es inaugurar inmediatamente otras tres.
Los socialistas españoles, mientras tanto, tienen motivos para agradecerle la visita, aunque todavía deben demostrar que el episodio se traducirá en votos cuando llegue el 29 de noviembre. El verdadero resultado electoral permanece abierto. Los ciudadanos españoles decidirán entonces sobre sus propios gobernantes, no sobre el talento oratorio del presidente argentino. Quizás algunos voten contra Sánchez, otros a su favor y muchos por razones completamente ajenas a la política de Buenos Aires. Las urnas poseen esa irritante autonomía que tantos dirigentes descubren cuando ya es demasiado tarde.
El Pato Eléctrico propone, para evitar futuros malentendidos diplomáticos, que el Ministerio de Asuntos Exteriores español estudie una condecoración especial destinada a los presidentes extranjeros que contribuyan involuntariamente a las campañas electorales nacionales. La distinción podría llevar por nombre Orden del Mérito de la Propaganda Adversa y concederse solamente después de comprobar los resultados, no vaya a ser que el homenajeado termine favoreciendo a quien pretendía perjudicar.
Por ahora, Javier Milei continúa librando su batalla internacional contra el socialismo. Sus adversarios escuchan, toman apuntes y, en ocasiones, aprovechan la publicidad.
Pedro Sánchez debería considerar seriamente la posibilidad de enviarle una felicitación navideña.
Y quizás, si las encuestas acompañan, una invitación para regresar a Madrid durante la última semana de campaña.
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