El Gobierno colombiano descubre cómo corregir la historia: retirándola del museo

EL PATO ELÉCTRICO | Cultura | 27 de octubre de 2026
Colombia acaba de realizar un descubrimiento extraordinario en el campo de las ciencias históricas: el pasado puede modificarse sin necesidad de una máquina del tiempo. Basta una orden ministerial, algunos funcionarios diligentes y un depósito donde guardar los objetos que no coincidan con las preferencias del gobierno. La operación resulta infinitamente más económica que viajar al siglo XIX y presenta, además, la ventaja de que los personajes históricos no pueden presentar recursos administrativos.
El Gobierno del presidente Abelardo de la Espriella ha ordenado retirar del Museo Nacional de Colombia una serie de piezas vinculadas a movimientos sociales, expresiones políticas y episodios de la memoria colectiva. La medida forma parte de una ofensiva oficial contra aquello que el mandatario identifica como ideología de izquierda. Entre las controversias suscitadas figuran los objetos relacionados con el feminismo, la diversidad sexual y distintos acontecimientos de la historia política nacional. Las autoridades defienden la revisión de los contenidos museográficos; sus críticos denuncian un intento de censura y manipulación de la memoria histórica.
La iniciativa inaugura una disciplina académica fascinante: la arqueología preventiva del desacuerdo. En lugar de estudiar las evidencias, los expertos podrán clasificarlas según su nivel de simpatía gubernamental. Los objetos patrióticos permanecerán expuestos; los sospechosos serán interrogados; y aquellos que manifiesten tendencias ideológicas inconvenientes recibirán alojamiento provisional en algún almacén. No está claro si las piezas dispondrán de asistencia jurídica ni si podrán solicitar asilo en otros museos.
La operación presenta una dificultad técnica. La historia colombiana, como la de casi todos los países, está repleta de conflictos, injusticias, luchas sociales, guerras civiles, transformaciones culturales y personajes que no siempre se comportaron de acuerdo con las recomendaciones de los gobiernos actuales. Eliminar cada episodio desagradable exigiría una extraordinaria cantidad de cajas, varias toneladas de papel de embalaje y una ampliación presupuestaria considerable. Al final, el Museo Nacional podría convertirse en el primer establecimiento cultural del mundo donde lo más importante de la exposición fuera el espacio vacío.
Los defensores de la medida consideran necesario revisar la orientación ideológica de los museos públicos. El debate sobre los criterios curatoriales es perfectamente legítimo: ninguna exposición está exenta de interpretaciones, omisiones o enfoques discutibles. Pero existe una diferencia notable entre ampliar el conocimiento histórico y organizar una operación de limpieza del pasado. Un museo no es una dependencia de propaganda donde cada nuevo presidente deba reemplazar las piezas según el resultado electoral. Si ese fuera su propósito, convendría instalar las vitrinas sobre ruedas y contratar a los historiadores por períodos presidenciales.
La controversia ha provocado protestas de artistas, estudiantes y organizaciones vinculadas a la defensa del patrimonio cultural. También ha movilizado a sectores que consideran que retirar determinados objetos equivale a borrar testimonios esenciales de la historia del país. Las autoridades, por su parte, sostienen una interpretación diferente sobre la orientación que deberían tener las instituciones culturales. El conflicto ilustra una vieja tentación del poder: confundir el derecho a gobernar con la facultad de decidir qué merece ser recordado.
Hay, sin embargo, una solución mucho más sencilla para quienes desean una historia perfectamente compatible con sus convicciones. Consiste en escribir una novela. En ella, los héroes pueden comportarse siempre correctamente, los adversarios pueden desaparecer antes del segundo capítulo y las sociedades pueden avanzar sin contradicciones hacia el desenlace deseado. El inconveniente es que las novelas deben presentarse como ficción, mientras que los museos tienen la ingrata obligación de ocuparse de lo que realmente ocurrió.
El Pato Eléctrico propone, con modestia, que el Museo Nacional incorpore una nueva sala dedicada a las intervenciones políticas sobre la cultura. Allí podrían exponerse las órdenes de retirar objetos, los comunicados oficiales, las protestas ciudadanas y las fotografías de las vitrinas vacías. Sería una contribución importante al conocimiento histórico: permitiría estudiar cómo los gobiernos intentan modificar la interpretación del pasado mientras, sin darse cuenta, producen nuevos documentos para los historiadores del futuro.
La idea ofrece incluso posibilidades educativas. Los escolares podrían recorrer el museo acompañados de una guía que explicara: «Aquí había una pieza relacionada con un movimiento social, pero fue retirada porque el gobierno consideró inconveniente su interpretación». El visitante preguntaría entonces qué ocurrió realmente. Y la guía tendría que responder, con admirable resignación, que precisamente para saberlo resultaría útil disponer del objeto retirado.
La cultura no pertenece a un partido político, a una presidencia ni a una corriente ideológica. Los museos públicos deben ofrecer perspectivas rigurosas, plurales y abiertas al examen crítico. Una sociedad democrática puede discutir cómo representa su historia, corregir errores y ampliar sus colecciones sin convertir a los funcionarios en vigilantes de la ortodoxia histórica.
Por ahora, Colombia cuenta con una oportunidad insólita de modernizar su administración cultural. Si la experiencia obtiene buenos resultados, los futuros presidentes podrán encargar exposiciones enteramente nuevas con cada cambio de gobierno. El museo abrirá después de las elecciones, cerrará durante el recuento y reanudará sus actividades cuando el Ministerio de Cultura haya determinado quiénes fueron los héroes de los últimos doscientos años.
De seguir así, algún día los ciudadanos podrán contemplar una exposición absolutamente libre de controversias, conflictos, injusticias y contradicciones.
Estará vacía.
Pero será, sin duda, un museo políticamente impecable.
EL PATO ELÉCTRICO
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